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viernes, 17 de noviembre de 2006

R E S P L A N D O R (Del libro inédito CANTAR LA VIDA)

Este relato se me presentó como en un sueño. Quiero decir, el personaje de Juan. Martha es real, Martha es la personificación literaria de una hermosa y vívida realidad. La locación es totalmente ficticia. Confundidos así, aquel sueño y esta realidad es que nace RESPLANDOR. Espero sus comentarios. Gracias.

Juan vivía una soledad perniciosa. Fue así su adolescencia preñada de interrogaciones, su juventud de potro solitario llegando a ser, a los cuarentaicinco años, un hombre callado, introvertido y temeroso en su relación con los demás. Tal vez, por ser hijo único, huérfano de madre desde los ocho años y de padre desde los catorce, fueran estas las razones por las cuales se alejó sentimentalmente de todas las amistades, pero eso sí, sin dejar un sólo día por medio, de asistir al concierto de aromas que la tierra de su conuco le regalaba cuando le abría el vientre con aquel arado de acero, herencia familiar. Ni los días de aguacero se perdía

Juan la fantástica fragancia del cafeto en flor o los delicados verdes del maizal con sus espigas abiertas como un desafío a la lluvia. Esa soledad, unida a la terrible abulia e infinita desazón que la gente veía en Juan, más la falta de una compañera en el bohío eran un acicate para que en el pueblo la gente le dijera. -!Cásate Juan, cásate, deja las manos quietas que eso hace daño! Pero él, con aquella insipidez en el alma. alimentada quizás por los tantos años mustios, no sabía cómo contestar y con un gesto amigable, dejaba a todos con las palabras prendidas en los labios y en los ojos bailándole un brillo tan jodedor como cómplice. Juan optaba en irse por ahí esas tardes de domingo a imaginar viajes, ciudades y mujeres que le llegaban como viajeras de un resplandor desconocido, extasiado en esa soledad que le daba el privilegio de conocer o descubrir nuevas sensaciones o comer mangos, guayabas y chirimoyas, tirado a todo lo largo de sus seis pies, a la sombra de los árboles, aprovechando su ocio para darse un chapuzón dominguero y refrescante. Así siempre, hasta que en su imaginación, conoció a Martha. Martha vino a ser, desde entonces, la mujer de sus sueños, con la que compartía cada noche esos deseos prohibidos, aquellos desesperos por la hembra ausente, que menguaba salvajemente a golpe de mano sobre su atormentado sexo. Esa tarde el bar de Fermín estaba agitado, los pobladores celebraban el día de "no se qué", oportunidad que tenían los hombres para escaparse de sus casas, echarse al gaznate cuatro o cinco tragos de ron "peleón", cantar a soto voce tres o cuatro rancheras a coro con Pedro Infante o Miguel Aceves Mejía y retirarse a sus casas dando tumbos, creyéndose los machos de la situación. El caso es que en esa algarabía, Juan vio a Martha, de cuerpo presente y sola, allá en la penumbra del último rincón del bar, era hermosa a los ojos asombrados del hombre cuyo corazón latía aceleradamente y con violencia. Algunos parroquianos que vieron a Juan lo saludaron y como siempre, después de Algunas bromas, siguieron en lo suyo. Otros lo vieron dirigirse hacia aquella mesa vacía, con los ojos desenca- jados por la sorpresa pero, acostumbrados a verlo así, como los demás, pronto lo olvidaron. Martha, resplandecía sentada a la mesa, con su blusa medio abierta y aquella sonrisa que ya Juan conocía en su soledad. -Hola, Marta- dijo Juan con el ensortijado pelo todo revuelto y su sombrero de yarey estrujado entre las manos, poniendo en su voz toda la firmeza de que sería capaz. -Hola, Juan, aquí estoy -le respondió Martha con una sonrisa especial, sospechosamente infantil y única para él . Juan presintió la llama de la sangre en aquel cuerpo limpio y moreno como la tierra que él trabajaba de sol a sol; en la negrura de aquellos ojos que halaba de sí dejándolo más blandito que la clara de huevo; los senos que pugnaban por saltar de la opresión de aquella tela que los delataba turgentes y duros. Rememoró una cuarteta inédita que aveces cantaba allá, en la soledad del conuco, pensando en esta muchacha que tenía frente a sí, la Martha de su imaginación.

"Senos duros cual corojos

y cabellera que fue

negra taza de café

que me bebí con los ojos."

Y se relamía gustoso ante la imagen esta mujer increíblemente hermosa sin sospechar que algún día la tendría delante, real, tangible. Vio que Martha prolongaba la risa, alisándose el cabello con ambas manos y, sabiéndose codiciado por aquel trozo de hembra, se dejó llevar por la brumosa concentración de la cerveza y el ron; las palabras, la música, el holgorio acallaron en medio de la tarde y fue a ella, la levantó suavemente de la silla, luego la abrazó y sintió que su lengua rastreaba, de manera impúdica, buscando, mentrelazándose con aquella otra lengua húmeda, sumiéndolo en un dolor dulce, angustioso, en unos deseos inmensos de caer enfermo de gravedad. El vestido de la muchacha estaba ya en el suelo, la miseria de su vestuario interior esparcido. Los senos, las nalgas, la espalda de la muchacha fueron acariciados como los primeros retoños surgidos de la tierra fértil; el pubis fue succionado con aquella paciencia acostumbrada en sus noches de satisfacción solitaria. Por su entrepiernas sintió sintio correr la tibia vida que le calcinaba su fantástica realidad; se sintió parte violenta de una vorágine que lo enviaba al paraíso o al infierno. Quedó adormecido en aquel silencio pastoso, neutral y cómplice de aquel ritual orgásmico. Al llegar la bullanga nuevamente, Juan todavía estaba allí, en la penumbra de aquel rincón, sentado a la breve mesa del bar, solo, con aquella pesadez en los párpados, aquella infelicidad que le desbordaba la vida entera, aquel corazón cabalgando furiosamente en su pecho, porque Martha seguía allí, donde siempre ha estado, sólo en su cerebro, mustia como una flor de papel, pero sólo... en su cerebro.

miércoles, 15 de noviembre de 2006

LUCES DE NEW YORK

Ciudad despierta, adherida al tiempo insomne, al tiempo indetenible, al tiempo que nada deja a los hombres y mujeres estériles
Santa ciudad de ovarios retorcidos y penes hambrientos de curiosidad. Ciudad de estandartes caídos en mitad de la conciencia. Miro todo ese espacio conquistado y pienso (todavía pienso) en aquellos que te bendijeron sin cruces de oro en los caminos empolvados, entre el bosque enorme por el que paseaban en busca del venado, ante la mirada del gavilán;
los que llevaban tu nombre en otra lengua, en otros albores
de amor y sacrificio los que remaban sus canoas Hudson abajo en busca de sus bisontes y enigmas celestiales, o por el East River
junto a las llamas y el humo de las llamas, junto a la noche y lo oscuro de la noche, junto a la hembra y el sexo de la hembra, junto a los gritos de alegría en sus bailes bajo la noche estrellada o la luna embarazada por el trópico; junto a los gritos de guerra y sus lanzas de guerra, dando su vida sencilla por sus territorios amenazados, conculcados, destruidos por los "caras pálidas" que llegaban desde otras latitudes para pisotearlos, masacrarlos, violarles las mujeres y al final confinarlos en zonas marginadas como simples curiosidades de la historia.

Oh santa ciudad, desde aquí miro, en medio de la densa bruma, tus infinitos rascacielos esa selva de acero, cristales y concreto que te ciñe los costados y se clava en las nubes como se clava en mi corazón los pasos de los pordioseros por tus calles...

Miro desde esta altura mínima y observo tus luminarias comerciales, tus luminarias vendibles y execrables, tus luminarias exentas de solidaridad y pienso, (todavía pienso) en aquellos que te hicieron nacer de sus entrañas mas sanas y felices, los que te hicieron sin esa mascarada que ahora te ilumina el rostro de abuela innecesaria.

domingo, 12 de noviembre de 2006

GALERIA DE LA MUSICA CUBANA (Final)

Con su rosa siempre viva
La canción protesta fue
Una mujer puesta en pie
Vigilante y combativa.
Con su Unicornio hecho verso
Silvio salva la canción
Y le da la dimensión
Del infinito Universo
Pablito, con su canción
“Breve espacio en que no estás”,
al pentagrama da más
sangre, fuerza y corazón.
Es la música cubana
Infinita en sus matices;
Donde quiera echa raíces
De la noche a la mañana.
Por eso esta galería
De intérpretes y de autores
No termina, pues de amores
Aún vive su melodía

GALERIA DE LA MUSICA CUBANA 5

Los dúos, tríos y orquestas

La música enriquecieron

Con un ritmo que le dieron

Más alegría a las fiestas

La Sonora Matancera,
La Aragón: el pentagrama
Cubano fue una gama
De música guarachera.

Mirtha y Raúl, Clara y Mario

El Cuarteto de Solís,

La música de raíz

Por todo aquel escenario.

Las D'Aida: ¡se formó

El rumbón caliente y sano!

¡qué rico el rumbón cubano

con maracas y bongó

¿Un Piano con esa octava?

¿quién ha sido tan capaz?

Si la nota fue de Jazz,

No hay dudas, fue Rubalcaba.

Chucho Valdés con su piano

Nos regala hermoso Jazz

Y es el pentagrama un haz

Sobre el paisaje cubano.

Un saxofón allá afuera

Nos dio una nota elegante

Fue de Jazz, ¡pero impactante!

Fue Paquito D'Rivera.

¡Azúcar! lo dice toda

la gente en Japón y Argelia;

“Kímbara, Cumbara”, es Celia

la que no pasa de moda.

Muy guapachoso y galán

Paseó este Compay Segundo

por las ciudades del mundo

las notas de su "Chan, Chan"